Nos matan de risa
Hubo una vez a la que tuvo que asistir sin falta. No había opción, por imposición tenía que ir. Se sienta en medio y atrás, con una camisa amarilla a cuadros azules, llevaba el pelo café y suelto. Entre veinte personas con las que, fuera de ese cuarto, sólo comparte la nacionalidad. Se para de puntitas con ayuda de la silla. Granito de azúcar. Se pasa la lengua por los labios y por las comisuras. Es la única forma de quitarse totalmente los bigotes de leche. Siempre tiene hambre. El hombre que esta al frente exponiendo las teorías sobre las decisiones que hacen nuestras vidas. A ella le importa, pero se da cuenta que ha estado hablando hasta ese momento con los labios y las comisuras llenas de migajas. Ojalá alguien le hubiera dicho pero todos están ocupados, porque al parecer no es tan fácil comprender estas teorías, al menos no para todos los que están ahí. "A aquellos que dudaron o contestaron mal, les hicimos otra pregunta y el treinta por ciento no pudo contestar. No pudo nombrarla" Todos parecen estar mal con eso. Mujeres que se ponen de pie, en sus puntitas. Mujeres que parecen a punto de romperse cuando se ponen de pie y equilibran todo su cuerpo en esos tacones de cinco centímetros. El hombre trata de ejemplificar algunas de sus teoría preguntándoles hábitos, gustos y marcas. Analiza a todo su público en 3 segundos, con el índice afilado y la mano extendida, dice: ¡Tú! Si, ella. Antes migajas en las comisuras y bigotes de leche, camisa amarilla a cuadros azules. ¿Usarías un Rolex? No. Al instante dijo: NO. Y el público empezó a reírse. ¿Por qué no usarías un Rolex? Porque no me gusta. Y el público enloqueció. Risas y aplausos. Ella miró hacia atrás, por encima de su hombro. El hombre los miró detenidamente una vez más y finalmente se dirigió a todos mientras seguían riéndose, se dirigió a todos menos a ella. Bueno, es que ella es el tipo de chica que preferiría mejor un Swatch.