Sunday
JM
Me fui de Seúl en el último avión del día. Este papel insulso me salvó una vida que hubiera preferido no salvar, no así, no sin ella. Me fui con miedo aunque parecía que todo estaba resuelto y nada pasaría. Eso nos dijeron en la reunión de la facultad. Dejé todo en Seúl esa tarde convencido de que volvería en una semana y retomaría mi rutina: la universidad, los estudiantes, mi biblioteca, el laboratorio, las caminatas nocturnas por Cheonggyecheon, la revitalizadora incomprensión diaria, Kyung-Soon. La última vez que la vi estábamos en Incheon, comíamos donuts y té. Dijo que se iría al otro día a la casa de su hermana a ver a su perro para aprovechar el receso forzoso. No hay nada de qué preocuparse, insistió, y me abrazó. Todo va a estar bien. Cuánta calma. Pero a una hora de aterrizar el capitán anunció que algo había ocurrido y luego las azafatas pasaron ofreciendo bebidas para cortar el silencio. Ya en Auckland (¿o sería Awk-land?) todos vimos No-Seúl en directo por CNN en una sala de espera de sillas moradas acolchadas donde nadie quería sentarse. No había narrador. Sólo las imágenes lentas y granuladas de una pequeña cámara aérea teledirigida. Destrucción, cráteres, escombros, incendios, cuerpos en las calles. ¿Su cuerpo? La vi muerta flotando boca arriba en el río; la vi tendida en una plaza, sin piernas; la vi entre las filas de sobrevivientes mutilados, sin pelo, con la cara blanca y los ojos vacíos, quemados por la luz. Aguanté. Aguanté. Cuando la cámara sobrevoló Shinchon le di la mano a una mujer vieja que rezaba junto a mí, frente al televisor. Recé en silencio con ella. Estuve horas de la mano de esa mujer desconocida, refugiado en su consuelo. Salimos del aeropuerto juntos. Tomamos un taxi. Fuimos a un hotel y pedimos una habitación para los dos. Prendimos el televisor y me quedé dormido. Soñé que llamaba a Kyung-Soon y ella estaba muerta pero contestaba y me pedía que no volviera a Seúl porque ya no era seguro para mí. Me desperté asustado y abracé a la mujer. Estaba despierta, temblaba. La dejé llorar y besarme. Era flaca. Sabía a cenizas y arena.
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