Saturday

Ch

Everybody goes, leaving those who fall behind

“Holocaust”



En aquel tiempo padecíamos la propagación de un virus mortal. La gente moría por centenares tras unos pocos días del contagio y este podía provenir de una leve exposición al virus. Había miles de infectados: muchos amigos, mi familia, conocidos, vecinos, etc. Por alguna razón inexplicable yo no estaba en esa lista.

Mi madre, siempre previsora y defensora de las causas perdidas, confiaba en lo que en aquel momento era el único atenuante conocido para dicha enfermedad: los comprabas en empaques individuales, similares a los de los muñecos de acción u otros juguetes por el estilo. Eran del tamaño de la palma de una mano; del grosor de un puño cerrado. El cuerpo era gordo, color amarillo oscuro con rayas transversales, las patas pequeñas, una cabeza grande con ojos enormes que abarcaban casi su totalidad. Ojos negros y tristes. Eran insectos vivos. Los comprabas en el super, en la papelería, casi en cualquier lado. Los comprabas y te los comías.

Digamos que ibas al super y comprabas dos. Los llevabas a tu casa y guardabas uno en la alacena. Llevabas el otro a tu cuarto mientras veías cómo se movía dentro de su empaque. Te sentabas a ver televisión mientras que con indiferencia abrías el plástico protector. Tomabas al insecto con las dos manos. Como eran grandes, tenías que tomarlos así, ya que se retorcían y podías dejarlos caer. Lo tomabas y lo veías; su cabeza enorme y sus ojos negros. Por alguna razón eran tristes y se te quedaban viendo con ternura, o con una especie de extraño asombro. Como si por un momento pudieran entender lo que sucedía. Y no sucedía nada, sino que se había descubierto en aquel tiempo, que un determinado químico presente en su sangre reducía significativamente el riesgo de contraer el virus.

Tomabas entonces al ser entre tus manos y lo ponías a la altura de tus ojos, para observarlo mejor. Extrañamente dejaba entonces de moverse y se quedaba quieto, contemplándote. Lo llevabas a la boca y lo introducías lentamente. Siempre de atrás hacia adelante; no te comías la cabeza primero, la dejabas al final.

Recuerdo haberme sentado en mi cama por la noche, mirando los aviones pasar por la ventana. Introducía uno en mi boca y volteaba al espejo de pie pegado en mi puerta. Podía ver la miseria en sus ojos mientras mordía la mitad de su cuerpo hasta arrancarla por completo. Cómo se me quedaba mirando a través del espejo y movía su cabeza lentamente de un lado a otro. Cómo seguía retorciéndose mientras masticaba la mitad inferior de su cuerpo y cómo escurrían sus intestinos por mi mano. Sus ojos negros, inmensos, en los que podía haberme perdido. Su cabeza que no miraba para otra parte, sino a mí, fijamente, como si estuviera a punto de decirme algo, justo antes de meterme todo lo demás a la boca y masticar la solidez de la cabeza, que, según se había comprobado, poseía la mayor parte de las sustancias necesarias para la prevención de la enfermedad. Terminaba de comer, me paraba y apagaba la luz. Entonces me iba a dormir.

En aquel tiempo mi madre los compraba por montones. Mi madre, que pronto iba a morir, quería prevenirme del contagio. Pero esos fueron los últimos días. Contraje el virus más pronto de lo que todos pensábamos y a pesar de que ya no tenía caso alguno, la costumbre de comerlos había ganado tanta fuerza, que seguí haciéndolo. Llegaba en la noche a mi casa y abría el frasco alto de cristal en donde mi madre terminó por guardarlos. Los animales se encontraban amontonados unos encima de otros. Sacaba a los muertos y los tiraba al cesto hasta encontrar uno vivo; el sabor de los insectos muertos era desagradable. Lo tomaba entre mis manos y realizaba el ritual. Comía todo, hasta las vísceras que se escurrían. Quería aprovechar hasta la última gota.

Un día después de la muerte de mi madre, regresando de los servicios al mediodía, entré a mi casa de prisa y fui a mi cuarto a buscar el frasco. Desesperado, tiraba los cadáveres al piso buscando al único ser vivo que en el fondo me esperaba. Lo tomé entre mis manos y observé. Me miró fijamente con sus ojos profundos. Sus ojos, que parecían compartir mi soledad, más negros que de costumbre. Quedé extasiado en la contemplación de aquel ser que se movía suavemente. Su cuerpo era cálido y la luz que entraba por la ventana lo hacía verse brillante. Pasaron varios minutos durante los cuales se quedó casi inmóvil entre mis manos. Me veía reflejado en sus ojos y por un instante juré que estaba a punto de confesar algo.

De repente un escalofrío recorrió mi nuca y supe que la muerte sucedería. Metí al animal a la boca y lo engullí de un solo bocado. La sangre chorreaba por mi mentón mientras masticaba con mis muelas su cabeza.

Desperté en la calidez de mi cuarto, sintiendo un leve escalofrío bajar por la espalda. Rápidamente, el calor de las sábanas me hizo sentir cómodo, y la luz del sol que entraba por la ventana volvía mi cuerpo brillante. Me senté en el borde de la cama mientras la soledad iba impregnando poco a poco el ambiente, volviéndolo todo a la normalidad, justo como en el sueño del que acababa de despertar. Miré hacia la ventana abierta, mas no había nubes, ni aviones, ni nada. Me levanté y caminé hacia la puerta, con la vista puesta en los ojos enormes, negros y tristes que me observaban al otro lado del espejo.

Agosto de 2006 Publicado en el tumblr de chst

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